Cuando el telediario muestra estalactitas de hielo en la Quinta Avenida, la ciudad de Nueva York sitiada por tormentas y vientos gélidos, hay gente a miles de kilómetros de distancia que se frota las manos. Saben que la brutal borrasca cruzará el Atlántico, morirá hacia el norte de las islas británicas y formará unas olas que irán desplazándose por el océano y, al llegar a las costas vascas, si sopla un viento sur o suroeste que las levante y las deje perfectas, proporcionarán inolvidables días de surf. Sesiones épicas como las que estos días ha traído a las costas europeas la tormenta bautizada como Hércules.
El surf de olas grandes era hasta hace poco cosa del Pacífico, de Hawai, de la Polinesia. Algo que los aficionados europeos admiraban en revistas y en vídeos. Hablamos de olas de más de cinco metros de altura, teniendo en cuenta que en el surf las olas se miden por detrás: en el lado que se surfea la altura puede ser el doble.
OPINIÓN: Nosotros pensamos que el surfista es alucinante porque la ola es muy grande, y es alucinante como lo hace. Si fueramos surfistas eso no lo haríamos en la vida porque es un deporte muy arriesgado.




